Tres días a la semana me enfrento al reto de enseñar a jugar ajedrez a niños y niñas de cuarto y quinto de primaria. Pero el reto no es tanto enseñarles a niños que prefieren intentar seguir los pasos de Messi o Falcao, a emular a Kasparov o Anand – ¿quiénes son?-, sino otro aún más complejo.Se supone que el colegio es un espacio de formación no sólo académica, sino que, aún más importante, es un espacio en donde los niños y niñas reciben formación para vivir en sociedad, para responder positivamente al imperativo de vivir en un mundo tan complejo, lleno de tantas y tan difíciles relaciones de toda índole (económicas, ambientales, culturales, etc.). Es un espacio en donde debe aprender, y así se enseña, a actuar con determinados valores que para nuestra sociedad son altamente estimables: respetar al otro, su vida, sus bienes, sus derechos, su opinión y lo que lo hace diferente, entre otras cosas. A los niños se les habla de solidaridad y de la importancia de pensar no sólo individual sino colectivamente. En otras palabras, el colegio es un espacio en donde los adultos pretenden formar a su niñez, más allá de los contenido curriculares, en principios y valores que se espera conduzcan a la formación de un mundo mejor –así, tal y como lo concebimos.
Ahora bien, esta acción educativa se da, al menos, en la teoría y la práctica. En cuanto a lo primero, la teoría, se puede decir que estamos sobrados. Sabemos perfectamente cómo esperamos que nuestros niños se comporten, no solamente como tales, sino también cuando ya sean adultos. Repito, en cuanto a esto, vamos sobrados.
El problema grave es en lo que tiene que ver con lo segundo, la práctica. Resulta obvio, bastante obvio, que la educación exige un mínimo de congruencia entre lo que decimos y hacemos. Explico, si, por ejemplo, nuestros padres nos conminan para que no bebamos licor o fumemos cigarrillo o consumamos drogas o no mintamos, se espera de éstos que actúen consecuentemente. Sin embargo, lo más frecuente es lo contrario. Los padres suelen, como dice el dicho, destruir con los pies lo que construyen con la mano (cuántas desilusiones produce esto en los niños que entran en la adolescencia y empiezan a ver en sus padres tanta disonancia).
Pero tal incongruencia no es sólo un problema del hogar. Luego de varias horas de clase, en las cuales se les impele a actuar con los determinados principios y valores, los niños salen a un mundo en donde la gran mayoría de los seres humanos vivimos contraviniendo todo aquello que a ellos se les enseña, se les dice, se les impone vía la autoridad escolar. Nadie se salva. No importa la condición social, el estrato, el género. La sociedad en conjunto destruye con los pies lo que construye con la mano o, por decirlo de otra forma, es incongruente, y se queda en el vacío del discurso.
Mi reto cada vez que entro al aula es cómo hablarles a eso niños del valor de la honestidad, del respeto por el otro, de la importancia de no falsear nuestros actos. Pero este es mi reto. ¿Cuál es el suyo?